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Se ha hecho habitual entre los ambientalistas emplear a Rapa Nui como un ejemplo de lo que no se debe hacer. Se argumenta que los pascuenses sobreexplotaron sus recursos y arrasaron con las plantaciones de palma nativa, cuyos troncos usaron para transportar y levantar sus moáis. Cuando la vegetación colapsó, los nativos pasaron hambre y terminaron convertidos en caníbales.

Esta historia de culpables y víctimas alcanzó fama mundial a través del libro «Colapso», del ganador del Pulitzer Jared Diamond. Pero esa dura teoría ha comenzado a ser revisada en los últimos diez años.




Jardines de roca

Una de las principales defensoras del punto de vista alternativo es la antropóloga del Bishop Museum de Honolulu, de Hawai, Mara Mulrooney.

«Quizás debemos ver la historia de Rapa Nui como una historia de éxito en vez de colapso», afirma a «El Mercurio».

Mulrooney ha estado trabajando en Hanga Ho’Onu, en el norte de la isla. De acuerdo con los defensores de la hipótesis del colapso, las áreas interiores de la isla habrían sido abandonadas tras la supuesta catástrofe ecológica. De esta forma, las plantaciones de kumara (camotes) y taro habrían también sido abandonadas durante el siglo 16 o 17, antes del primer contacto con los europeos, en 1722.

Pero tras hacer excavaciones, tanto en el área costera como en el interior, y tomar muestras de carbón, los resultados le sorprendieron. «Encontramos que tanto las áreas de la costa y del interior fueron ocupadas continuamente hasta la llegada de los europeos y que no hubo una retirada hacia la costa, como se creía».

En otro estudio en el que también participa y que ha analizado el suelo de las plantaciones, descubrieron que los rapanuís empleaban jardines de roca, es decir, pusieron rocas en la superficie, y a veces en los suelos, para mejorar la producción de sus recursos agrícolas. «Ellas protegieron las plantas del viento, redujeron la evaporación de la lluvia y también habrían elevado la cantidad de nutrientes en los suelos, lo que mejoró su productividad».

Según Mulrooney, la desaparición de la palma, lejos de generar un colapso, permitió el uso del suelo en cultivos más productivos, que sustentaron a la población.

La explicación para el colapso demográfico, dice, habría que buscarla en el encuentro con los europeos y las enfermedades que trajeron, para las cuales no tenían inmunidad.

Alexandra Edwards, etnógrafa del Pacific Islands Research Institute y coautora del libro «When the Universe was an Island«, considera que la vegetación de la isla no es un buen parámetro para usarla como ejemplo del impacto ambiental humano en el planeta. «Está muy aislada del continente, con flora muy escasa, especies endémicas y con una estrecha relación entre sí. Cuando llega el ser humano obviamente cambia el sistema, pero no por culpa de él, sino por el impacto de los animales que trae, como el ratón polinésico».

Impacto animal

El 98% de los cocos que han encontrado de la extinta palma nativa durante excavaciones, cuenta la etnógrafa, muestran marcas de dientes de ratones. Y el toromiro, otro símbolo de la deforestación, solo desapareció en tiempos más recientes.

Para Edwards, la peor deforestación tuvo lugar entre 1930 y 1960, cuando la isla fue empleada para criar ovejas.

El arqueólogo Claudio Gómez, ex director del museo de la isla y actual director del Museo Nacional de Historia Natural, mira con distancia los argumentos alternativos. «Tiendo a estar de acuerdo con el paradigma clásico sobre Rapa Nui, especialmente porque la evidencia arqueológica, bioantropológica y etnográfica es consistente al respecto».

Según el investigador, la sociedad occidental ha tenido una inclinación por la noción del «buen salvaje» que gran parte de los antropólogos, arqueólogos y bioantropólogos, desde los años cuarenta en adelante, han ido desmitificando.

«Su ciclo de poblamiento-desarrollo-crisis-equilibrio se vio seriamente condicionado por la extrema situación de aislamiento en la que se encontraban. Cuando otros grupos humanos podrían haber migrado, los rapanuís tuvieron que enfrentar su futuro con lo que tenían y donde estaban», explica el arqueólogo.

Fuente: El Mercurio





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